Ascendiendo el Guadiana en velero y sin prisas

 El Guadiana es el cuarto río más largo de la Península Ibérica y el décimo más caudaloso 

Recorre territorios varios y atraviesa ciudades y provincias españolas y portuguesas, en una distancia total de 818 km, de los cuales 578 km corresponden a territorio español, 140 km a portugués, y unos 100 km a zona fronteriza. Su cuenca se extiende a lo largo de 67.733 km², y desemboca en el Golfo de Cádiz, cuyas aguas bañan el océano Atlántico. Nace en los Ojos del Guadiana, en el término municipal de Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real), a 608 metros de altitud, y en España, discurre por tres Comunidades Autónomas (Castilla-La Mancha, Extremadura y Andalucía), a través de las provincias de Ciudad Real, Badajoz y Huelva, a las que hay que añadir la de Albacete, si se considera el tramo inicial del Guadiana Alto. En Portugal, atraviesa las regiones tradicionales de Alentejo y Algarve.
 


El río Guadiana fue una vía natural de comercio entre los pueblos navegantes del Mediterráneo en la Península Ibérica. Su posible navegación por este río permitió el intercambio comercial y cultural de algunos pueblos con las comunidades agrarias y pastoriles del interior. Su último tramo fronterizo entre España y Portugal, o viceversa, se prolonga hasta su desembocadura, entre la provincia de Huelva (Andalucía) y el distrito de Faro (Algarve), y pasa por lugares tan bellos como Sanlúcar de Guadiana, Foz de Odeleite, la Reserva Natural de Sapal Castro Marim, el puente internacional del Guadiana, Vilarreal de Santo Antonio y Ayamonte, entre otros muchos lugares. Su cuenca presenta un clima mediterráneo continental, con una estación seca muy definida y grandes oscilaciones térmicas. Un buen amigo de Ayamonte me decía: ‘Hace 50 años sólo había barquitos pequeños de algunos propietarios para cruzar el río hasta Vilarreal de Santo Antonio, pero como esto causaba disputas, decidieron organizarse en una cooperativa. Comenzaron con tres o cuatro barcos no muy grandes, y poco a poco fueron comprando otros mejores. Al final se convirtió en un muy buen negocio ya que cada día pasan miles de viajeros y vehículos, de un país al otro'.

Más al norte, encontramos la ciudad de Badajoz, la cual se debe al río Guadiana, ya que nació a su cobijo y le defendió de sus enemigos a lo largo de la historia. Unos kilómetros aguas abajo, se interna en Portugal y sirve de frontera con el país vecino, donde durante muchos años, estuvo integrado en la vida de la población. Fue lugar de prácticas deportivas, de convivencia, de contrabando, y de descanso. Más tarde, condenado al olvido, sobrevivió a duras penas a múltiples ataques y desprecios. Hoy parecen correr "nuevos aires", tal vez recupere su lugar en esta y otras ciudades, y pase a ser un pequeño rincón peninsular mimado y preparado para el disfrute de los ciudadanos de estas tierras por las que fluye, y de otros que hemos descubierto aquí un verdadero refugio para el relax y el disfrute.



Pasear en velero, o a motor, por este río es una experiencia inolvidable donde podremos recorrer su último tramo sin prisa, desde su desembocadura en Ayamonte, hasta las poblaciones ribereñas de Sanlúcar de Guadiana y Alcoutim, y a la inversa al regreso. En él  descubriremos sensaciones únicas navegando por las costas españolas y portuguesas, y visitando pequeños pueblos y aldeas que son bañadas por el Guadiana, muchos de los cuales nos ofrecen museos, restos arqueológicos, bares, restaurantes, campos de golf, hoteles… toda una sensación que bien merece la pena probar, como también merece la pena probar algunos platos que encontramos al norte de este río, ya en la frontera con Extremadura, como son las patatas “buen pastor”, el escalope de cerdo empanado con Torta del casar o las albóndigas de cerdo ibérico  Vega Guadiana, entre otros.

Nosotros, entre los que se encontraban mi mujer Elisabeth y mi buen amigo Alfonso, que además es el patrón de la embarcación a vela Aicul, decidimos aventurarnos a navegar parte del río saliendo desde Ayamonte hasta donde fuera posible llegar. Recordemos que no todos los barcos son aptos para este tipo de navegación ya que dependerá del calado y por tanto de la quilla del barco en cuestión. Tras visitar esa misma mañana el mercado de la  ciudad fronteriza donde hicimos acopio de viandas y bebida que pudiéramos necesitar en la travesía, regresamos al barco para dejar la compra en la bodega y ponernos proa hacia el Puente Internacional que une estos dos países, a partir del cual comenzaba nuestro periplo por aguas más tranquilas. Ese primer tramo es bastante navegable ya que se trata de la desembocadura del Guadiana. A partir del puente ya hay que tener un poco de paciencia y bastante cuidado con los fondos, amén de otros barcos que suben y bajan por esas aguas.

Según pasaba el tiempo disfrutábamos más y mejor. Y, entre maniobra y maniobra, una fresca cervecita nos ayudaba a mantener el rumbo hasta que llegásemos a nuestro primer destino. El agua que bajaba con bastante rapidez estaba limpia aunque arrastraba algunos troncos y multitud de cañas por lo que había que estar ojo avizor en todo momento. Y pronto llegamos a la primera parada que era un pequeño embarcadero donde había una plaza libre para atracar el barco.

Aprovechando que no había demasiado tráfico fluvial decidimos quedarnos allí a pasar la primera noche en la parte portuguesa, lo que nos dio pie para saltar a tierra y explorar un poco aquel lugar que si no me equivoco se llama Laranjeiras, o algo parecido. Encontramos un bar donde servían comidas y cenas, además de frescas cervezas portuguesas de la marca Sagre que nos supieron a gloria. Pronto volvimos al barco pues el chef Alfonso nos había prometido un arroz con marisco y unos langostinos a la plancha para la cena. No hay que olvidar que en esta parte del río hay una hora menos de diferencia con respecto a España por lo que oscurece antes y también hubo que cenar más temprano.
 

  
Los demás días que pasamos en el Guadiana fueron muy parecidos, aunque eso si disfrutamos de lo lindo. Lástima que no tuviéramos más tiempo para poder quedarnos allí unos días y descansar a cuerpo de rey, que fue lo que hicimos desde el primer momento. Eso sí, decidimos que pronto habría que regresar, aunque en esta ocasión lo haremos con Lourdes, la mujer del Chef, y con unos amigos colombianos que seguro les va a encantar.

Claro que también cabe la posibilidad, para quien no pueda navegar en su propio barco,  disfrutar de un crucero panorámico por el río en las barcazas turísticas que salen de Vila Real de Santo Antonio y van río arriba, a todo volumen musical, hasta la pequeña localidad de Foz de Odeleite. Una vez que nos quitemos el calor con un refrescante baño en una piscina con espléndidas vistas disfrutaremos de una comida tradicional del Algarve en la Quinta do Rio, en plena naturaleza. Y, a continuación, Dios dirá.