El local mantiene el espíritu del año que lo vio nacer: baldosas de la
época, mesas de mármol blanco, un mostrador de los de antaño... nada ha
sido cambiado ni disfrazado con nuevas tendencias o estilos. El azul de
sus paredes recuerda al mar, a ese Mediterráneo al que hace honor la
cocina y las fotos que uno encuentra por doquier mantienen la memoria
de esa clientela de personajes famosos que han visitado el local alguna
vez o muchas. Quizá no pueda ser tildado de fashion o in pero Can Solé
no lo necesita. No es un restaurante que tenga que recurrir a una
decoración impactante como reclamo. Su cocina, su original ambientación
y su excelente servicio son bazas más que suficientes para que uno no
sólo se acerque a visitarlo, sino que repita y lo retenga en la memoria. La
prueba más significativa de su calidad es una clientela que se ha
mantenido fiel durante años y cuando digo años no me refiero ni a
cinco, ni a seis... en este sentido Josep Maria, destaca que en estas
mesas se han sentado y siguen, hasta 4 generaciones distintas de una
sola familia pasando el testigo entre ellos ya que los bisnietos siguen
encontrando los mismos placeres y el mismo buen trato que supieron
apreciar sus bisabuelos. Una fidelidad a prueba de bomba. Una muestra
más de esto es el hecho sorprendente de que hay algunos clientes que en
lugar de telefonear al restaurante para reservar llaman directamente al
móvil del propietario. El tiempo ha hecho que se conviertan en amigos. Para
los adictos a las guías podemos decir que Can Solé no sólo aparece en
la mayoría de ellas sino que también aparece en Zagat,
una de las más prestigiosas guías americanas. Y esto si que es un
mérito. De igual manera, hace años el New York Times le dedicó un
reportaje... por algo será.
|