Tiene una mirada dulce y algo pícara a la vez y un rostro lleno de ternura aunque en el fondo se vislumbra una fuerte personalidad y una vida llena de convicciones. A nadie se le escapa el hecho de que ha tenido que trabajar duro, no para llegar al Eliseo, esa fue solo una etapa de su vida, sino para conseguir la armonía entre su propia existencia y la gastronomía

 
Danièle Delpeuch ronda los 70 años. Está encantada con la película "La Cocinera del Presidente" que además "es un fiel reflejo de lo que ocurrió" entre los años 1988 y 1990, en los que trabajó como cocinera personal del presidente François Mitterrand. "Era un hombre que te hacía sentir importante cuando te hablaba, pero yo nunca dejé que la política entrara en mi cocina" afirma cuando la preguntan sobre la figura del presidente. Un hombre que se cansó de la alta cocina y que buscó para sus platos diarios y reuniones familiares a una persona que cocinara como su abuela. Y el afamado cocinero francés Joël Robuchon le sugirió el nombre de Daniéle Delpeuch que de esta forma se convirtió en la primera mujer con acceso directo a la cocina privada del Palacio del Eliseo.     
 
  "Nunca había tocado una sartén antes de casarme en 1962 a los 19 años. Pero cuando tienes que alimentar a cuatro hijos hay que aprender. Mi bisabuela y mi abuela materna eran excelentes cocineras, sobre todo ésta última que fue capaz de crear una cocina refinada con sus conocimientos campesinos. Mi madre y mi hermana heredaron esta habilidad y  desarrollaron soufflés, timbales y platos exquisitos basados en la cocina de pueblo. Además mi padre era un amante de la buena cocina y de los mejores productos. Vendía lo que él llamaba frutas de "colección", es decir, las mejores y más hermosas piezas de nuestros árboles frutales. Luego abrió una tienda de delicatessen en Paris. De hecho, hice todo lo posible para no cocinar cuando era joven pero tuve la oportunidad de conocer el sabor de los  mejores productos." 

 
 ¿Pero quién le enseñó a Danièle a cocinar? "Como he dicho, tanto mi madre como mi abuela eran grandes cocineras pero también he aprendido de la gente que venía a mi casa". Asegura también que de pequeña leía libros de cocina y que el Perigord es una región conocida sobre todo por sus productos de primera calidad. "Ahí tenemos una cocina simple, familiar, nada sofisticada, pero con las mejores materias primas que hay en el mercado". De hecho el Perigord tiene fama internacional por sus "foie-gras" y es la tierra que mejores trufas da en el mundo.
 
   Para Danièle, el trabajo serio comenzó en 1974, cuando tenía 32 años. "Yo nunca empiezo una guerra que sé que no puedo ganar" asegura y su aventura culinaria tenía que terminar con éxito. Esposa de un agricultor y madre de cuatro hijos, lanzo la idea de "fin de semana de foie gras y trufas", una nueva forma de escuela gastronómica en su propio hogar en Borderie, una pequeña aldea en el Périgord. "Era una manera de ganarse la vida en un momento además en el que el campo estaba en declive y poco considerado". Su talento en la cocina hizo que el proyecto se convirtiera de inmediato en un gran éxito. Cocineros aficionados y profesionales de todo el mundo acudieron a su casa para aprender el arte del "foie y de la trufa".
 
  A partir de este momento la fama internacional de Daniéle creció con rapidez, sobre todo en Estados Unidos, país que ha visitado en múltiples ocasiones para dar charlas y ofrecer clases de cocina. También viajó a Nueva Zelanda, entre otros muchos países para participar en eventos gastronómicos. Ha aprovechado sus conocimientos para escribir libros y artículos y enseñar a todo el que quiera aprender. "Ser cocinera es un estilo de vida y yo solo puedo hacer las cosas cuando creo que tengo que hacerlas", dice.  "También es un placer egoísta. No necesitas a nadie más: en el proceso de cocinar disfrutas de una sinfonía de olores, de gestos, de sabores que encajan los unos con los otros... Para mí lo más importante no es degustar lo que he cocinado ni que lo disfruten los demás. Es, simplemente, cocinar".
 
  Después de su etapa en el Elíseo cualquiera hubiera imaginado  a Danièle al frente de un restaurante con estrella Michelin, caro y lleno de gente, pero fue todo lo contrario. "Yo cocino, no para hacer feliz, sino por placer" y a los 60 estás ya  "un poco viejo y cansado".Aún así y a lo largo de diez años buscó nuevas experiencias en varios países del mundo. Durante 10 años trató de vivir lo más lejos posible y  finalmente después de 27 días a bordo de un barco llegó a la misión científica en Saint-Paul y Amsterdam, en La Antártida. Vió el anuncio en Internet y se dijo "el Polo Sur es para mí, está muy lejos y se paga". Esta misión le ha permitido pasar página y también financiar su proyecto de trufa en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Después de catorce meses aislada del mundo tiene la impresión de haber hecho "limpieza de primavera". Ahora se toma la vida de otra manera. Aprendió un poco de vanidad y ha podido experimentar su cocina "en el lugar menos contaminado del mundo". Dejó la Antártida mirando de nuevo al futuro porque "siempre tengo un pasaporte en condiciones de trabajo, dispuesta a una nueva aventura porque la cocina es un pasaporte a la aventura".