En las poblaciones turísticas, en medio del torbellino que las caracteriza, es difícil encontrar un restaurante para los que creen que comer es algo más que alimentarse.


 Ciertamente el sosiego y la liturgia de la comida gastronómica no son especialmente adecuados al bullicioso mundo del turismo de playa. Quemados por el sol y esperando una noche de diversión no son las condiciones óptimas para acudir a un restaurante de calidad. La bella población de Sitges con sus playas repletas y su turismo gay es un prototipo de estos centros turísticos a los que aludimos. La oferta extensísima de sitios para comer no se corresponde con la calidad delos mismos. Sin embargo en Sitges hay una oferta gastronómica suficiente, de modo que disfrutar sus atractivos no lleve necesariamente aparejado comer mal.
 
El Velero es un ejemplo notable de la posibilidad de comer bien en un sitio de playa. El restaurante está ubicado frente al mar. (La vista es excelente desde el primer piso, reservado generalmente a comedores privados). Pero la cocina que practica Florencio Martínez, el chef propietario, se caracteriza por la seriedad. Florencio Martínez es un cocinero autodidacta, que ha aprendido trabajando en los fogones desde la adolescencia. Es un excelente profesional y se toma en serio su profesión. A sus condiciones personales para la cocina añade una virtud destacada: la sensatez. Por esto huye del divismo y no se espere encontrar en sus platos el afán por la innovación. Tampoco se espere encontrarse ante la cocina de la abuela, guardadora de sabores atávicos. Lo cual no significa que se trate de una cocina basada sólo en el producto, aun siendo éste correcto.
 
La cocina de Florencio Martínez es expresión de la seriedad y la sensatez que le caracteriza. Evoluciona y ha evolucionado suavemente en los más de treinta años en que está al frente del restaurante. Practica una gastronomía actual sin “ismos” ni exageraciones, teniendo en cuenta el público al que se dirige. Por esto pueden encontrarse en su carta unos deliciosos chipirones con habitas o una recomendable variedad de arroces (especialmente sabroso el caldoso de bogavante que acostumbra a ofrecer en invierno), pero también un foie-gras sobre plátano frito con salsa de malvasía. En todos los casos, sea la cocina popular o culta, hay un esfuerzo culinario. Se renuncia al divismo culinario, pero no se renuncia nunca a cocinar.
 
El restaurante cuida los detalles: desde las tapas de aperitivo a los “petits fours” con el café. Destaca una cuidada carta de postres, con oferta de maridaje del vino dulce adecuado y una extensa carta de vinos. La incorporación en la direcció del comedor de David Martínez, hijo del propietario, de formación académica, ha supuesto una mejora en los toques de clase del restaurante. En cualquier caso, a pesar de los detalles de calidad, no es el lujo palaciego lo que se busca. Simplemente en el ambiente desenfadado de la proximidad de la playa se consigue que se coma de manera seria y sensata. El Velero continúa su singladura con velocidad de crucero.
 


Un artículo de Butulus Fartus