Mis enfados sin cuentos y sin fin

Un buen día conocí a Iñaki, del restaurante Donosti situado en la calle  Rosellón  nº365 de Barcelona, y como buen profesional, excelente cocinero y buen fumador de cigarros puros se acercó a la mesa para entablar una conversación que derivó en una tertulia variopinta, de las de  comienzos de verano.

por esta razón fue muy dilatada y bien regada de orujo que, con el humo de los buenos cigarros, casi anochece y no nos dimos cuenta. Mi obsequio fue el ir visitando este local Donosti y traer siempre cigarros que, dado mis conocimientos sobre ellos por la documentación al escribir reportajes, libros y experiencias sobre toda clase de marcas y vitolas, vas sembrando amistades que te ofrecen novedades para degustar. Hasta aquí todo bien.

Otro día, en mi ausencia, Iñaki le da a probar un cigarro de los que yo le había traído para su consumo particular a Don Jesús,

propietario del muy digno y asentado Café de Paris de la calle  Maestro Nicolau  nº 16 , cerca de los jardines del Turó Park. Hacía años que no me hablaban de este establecimiento. Fui a comer y a llevarle personalmente un cigarro excelente a  Don Jesús y felicitarlo por su trayectoria en su restaurante y por tener una carta con platos que pronto será imposible de recordar por la desaparición de muchos cocineros como él que aún se atreven a emulsionar  una auténtica salsa bearnesa o hornear unos caracoles a la francesa o unos garbanzos o lentejas a su manera española muy sabrosos y nada pesados. El rabo de buey una joya.

Todo lo fastidió un mal profesional, el que lleva el comedor, llamado Hector, ya que hundió mi primera ilusión de disfrutar de un  solomillo a lo chateaubriand, en honor al político francés  Chateaubriand y que se asa o cuece en una sartén , se sirve con una salsa bearnesa, verduras asadas y patatas fritas. Bajo el diminutivo de “château”, se servía en restauración una pieza de solomillo de la parte de más grosor y que es perfecta para compartir dos comensales  y con las desaparecidas patatas château y que antaño se obtenía con toda la pieza de solomillo asada en una reducción de vino blanco y de chalotas bañada con salsa española y con la adición de matequilla, estragón y zumo de limón. Pues este ignorante de Héctor me dice que no hay patatas fritas y que lo tom o o lo dejo ya que solamente su chateaubriand lo sirven con verduras y patatas panadera.

Me deshincho y me quedo con media ración de legumbres y un poco de queso por terminar un vino Cerro de Añón Reserva 1999 muy bueno.

La traca final fue que cuando ya estaba tomando el café en la mesa contigua sirven un chateaubriand con PATATAS FRITAS PAJA, doradas y crujientes y que me seducen siempre cuando están así de bien hechas. Le inquiero al susodicho que clase de acompañamiento no había entendido y que le había rogado y me contesta con cara de póquer que aquello que acompañaba al solomillo de la otra mesa no eran patatas fritas eran patatas paja.,Casi le insulté y me fui muy cabreado. Claro que yo, a final de mes, le pagaría con fotocopias de billetes de euro, eso sí, con su color pertinente y me quedaría tan ancho.

Lo siento por Don Jesús y todo su equipo de cocina. Lo más indignante es que la gente sigue sin entender lo que pide porque los comemnsales contiguos al estar ya fileteado lo pisiren mucho más hecho el solomillo. Fue el remate. Adiós, muy buenas.