Viaje a Tahití. la Isla del amor

“Nadar por las aguas cristalinas de la Polinesia Francesa y observar sus atolones de coral repletos de peces multicolores es algo que merece la pena cuando se visita la isla de Tahiti”

  El archipiélago de la Sociedad, que va desde la hermosa isla de Tahití hasta la de Bora Bora, ha sido descrito en crónicas, novelas, películas y canciones como un auténtico paraíso. Tahití es una exótica isla volcánica cuyo monte Orohena, de 2.241 metros de altitud, excitó la imaginación de la Europa del siglo XVIII cuando exploradores de la talla de Wallis, Bouganville y Cook llevaron noticias de un pueblo no contaminado por las enfermedades o la civilización. El excelente clima de esta isla, la desinhibida sexualidad de sus mujeres, y la abundancia de comida en cuanto a gastronomía se refiere, convirtieron a este lugar en el verdadero epítome de la Isla del Amor. Todo un sueño para nuestros ojos occidentales.
 
El total de las islas de la Polinesia Francesa suman más de 4.167 km², de los que 3.265 corresponden a islas habitadas esparcidas sobre 2.500.000 km² del océano Pacífico. El archipiélago está compuesto por varios grupos de islas de origen volcánico o coralino, siendo la más grande de todas ellas la isla de Tahití (antes llamada Otaheite).
 

Este bello territorio de ultramar que se encuentra localizado en el Pacífico sur, tiene su capital en Papete, y cuenta con una población de aproximadamente 128.000 habitantes. La principal atracción de esta pequeña ciudad es su paseo marítimo, en el que el boulevard Pomare se extiende desde el centro de la ciudad hasta el muelle de los ferrys, la mayoría de los cuales van a la vecina isla de Moorea. Y, detrás de la Oficina de Turismo de Papete hay un mercado muy colorido que merece la pena visitar ya que en él que se vende de todo un poco, donde podremos encontrar desde frutas tropicales y pescados frescos de esta zona de la Polinesia, hasta conchas marinas, esculturas, artesanía popular, pareos y un sinfín de coloridas flores autóctonas de la isla. Otra atracción importante es el Museo de Perlas de Tahití cercano al centro Vaima en el que se exhiben las brillantes y famosas perlas negras de la Polinesia Francesa. Y, ya puestos a conocer a fondo la isla, merecerá la pena realizar una excursión de medio día en la que se pueden visitar la tumba de Pomare V el último rey de Tahití; así como Arue y Punta Venus, en Mahina, el lugar desde el que el Capitán James Cook observó el paso de Venus en 1769. Asimismo el Capitán Blight en su expedición de recolección de frutos del árbol del pan, y el primero de los miembros de la Sociedad Misionera Londinense, también fue uno de los primeros en desembarcar en esta isla.
 
Papeete es además de la puerta de entrada a Tahití una glamurosa ciudad de provincia con aire francés. En su interior hay muchas tiendas, excelentes restaurantes y la posibilidad de poder recorrerla en un solo día. Y, a 50 kilómetros de la capital se encuentra el famoso Museo Gauguin, aunque no haya ninguna pintura del pintor expuesta en su interior, pero si varias tallas en madera, así como dos antiguos tikis polinesios decorando en medio del jardín.
 
La isla de Tahiti se encuentra dividida principalmente en dos porciones de tierra conectadas por el istmo de Taravao: Tahiti Nui o Gran Tahití, en el noroeste, y Tahiti Iti o Pequeña Tahití, en el sureste. En total el territorio comprende unos 1.042 km², y la mayoría de sus habitantes se dedican principalmente a la pesca y la industria del turismo.
 
Pero la historia de esta isla nos recuerda además que algunos pueblos nómadas polinesios procedentes de Samoa llegaron en grandes catamaranes al archipiélago de la Sociedad alrededor del año 800 a. C. Dos siglos después partieron, desde Tahití y la isla de Raiatea, los grupos que colonizaron las islas Cook y Nueva Zelanda. En aquellos tiempos la sociedad polinesia estaba fuertemente jerarquizada, en la que los jefes ostentaban un poder absoluto de carácter hereditario sobre los esclavos y plebeyos. La práctica de la religión se localizaba en unos templos sagrados llamados “maraes” que habían distribuidos por toda la isla, y donde los sacerdotes ofrecían sacrificios a los dioses polinesios. Las pequeñas guerras y luchas eran comunes entre las diferentes tribus pero el canibalismo, muy frecuente en otras islas del Pacífico, estaba mucho menos extendido en Tahiti.
 
Más tarde, las expediciones españolas del siglo XVI lideradas por Magallanes, Mendaña y Quirós visitaron las Marquesas y Tuamotu, situadas al este de Tahití, por lo que ésta última no fue descubierta oficialmente hasta el año 1767 por Samuel Wallis. Le siguió Louis-Antoine de Bouganville, un año más tarde, y aunque los dos capitanes reclamaron esta isla de ensueño para sus respectivos reyes, tanto por parte de Inglaterra como de Francia, al final solo uno consiguió su propósito. El capitán Cook a su vez, estuvo cuatro veces en ella, entre 1769 y 1777, con dos escalas en la isla de Bora Bora. Pero la visita más recordada, y probablemente más sonada, es la de Fletcher Christian y la del capitán Blight, a bordo de la HMS Bounty, en el año 1788, por lo que en 2009 se cumplen 220 años de aquel altercado. El famoso motín del Bounty tuvo lugar en aguas de la vecina isla de Tonga unas semanas después de que dejaran Tahití, aunque algunas películas de Hollywood hayan asociado firmemente la epopeya de la Bounty con la isla de Tahiti, lo cual es un error.



Poco a poco, empezaron a llegar misioneros protestantes a Tahiti por lo que tuvieron mucha más influencia que los primeros exploradores, aunque su éxito no fuera inmediato. Tuvieron que esperar hasta que en 1812 el rey Pomare II se diera cuenta de que necesitaba su ayuda para conquistar toda la isla y se convirtiera, tanto él, como toda la isla al cristianismo. Los misioneros impusieron su estricta moralidad puritana a los tahitianos obligándoles a vestir al modo occidental y prohibiendo las danzas y ritos que consideraban paganos. En ese proceso se perdió gran parte de lo que significaba la vieja Polinesia.
 
Con el tiempo, los misioneros protestantes ingleses comenzaron a trabajar con los jefes tahitianos y cuando los misioneros católicos franceses llegaron en 1836, la reina Pomare IV los expulsó de su isla. Este acontecimiento hizo que el gobierno francés enviara en 1838 una fragata exigiendo disculpas y una compensación. La reina Pomare aceptó las demandas francesas, pero en secreto pidió protección a los británicos. Gran Bretaña no quería ir a la guerra contra Francia por un remoto archipiélago, y en 1842 Francia declaró a Tahití protectorado francés, hasta que en 1880 esta isla cambió su estatus legal y se convirtió en una colonia.
 
Ningún hecho de importancia ocurrió en la Polinesia Francesa hasta la década de los sesenta del siglo pasado. Después de la independencia de Argelia en 1962, cuando el general Charles de Gaulle decidió que los ensayos del programa nuclear francés, que antes tenían lugar en el desierto del Sahara, se trasladaran a las islas Tuamotu, en las Antipodas francesas. En 1961 se había construido un aeropuerto en Tahití y las islas pronto se llenaron de legionarios, técnicos nucleares y barcos de la marina francesa. Este repentino flujo de gente y dinero cambió la Polinesia Francesa para siempre, pero en 1996 las instalaciones de pruebas de los frágiles atolones de coral se cerraron. Las consecuencias ecológicas de estas pruebas subterráneas se desconocen todavía.
 
Llegar a la isla de Tahití no es nada complicado, por lo que sus conexiones, tanto por mar como por aire, son excelentes. Hay vuelos entre las islas vecinas prácticamente cada hora, así como barcos que navegan entre la mayoría de ellas. Por toda la costa encontraremos hoteles y resorts de diseño que pertenecen a las grandes cadenas hoteleras, tipo Sheraton, Inter-Continental, Meridien, Sofitel, etc., en cuyos restaurantes la cocina es soberbia. Una imbatible mezcla de tubérculos polinesios, pescados y marisco fresco preparados al estilo isleño con un toque francés, hará que podamos disfrutar de la rica gastronomía local de esta isla polinesa. La cocina de Tahiti es una cocina “natural” compuesta por productos frescos de sabores exóticos, que ha sabido adaptarse a los gustos y costumbres de sus visitantes. Viajeros de Europa y Ásia, aportaron sus toques culinarios y sus especias, trasportando los platillos en combinaciones inéditas.
 
Los platos estrella son el pescado crudo a la “Tahitiana”, marinado con limón, leche de coco y camarones locales de agua dulce, y el cerdo agridulce. También las frutas exóticas (papaya, plátano, mango, piña, melón, etc.), endulzadas con vainilla, están presentes en la cocina tahitiana.

 

Hay numerosas tiendas que exhiben las brillantes perlas negras de la Polinesia cultivadas en granjas de las islas Tuamotu. Y, si nos apetece, podremos bucear en los magníficos arrecifes de coral de algunas de estas islas ya que es una práctica muy habitual y no se corre ningún tipo de peligro.
 
No obstante todo paraíso tiene su precio. Los hoteles internacionales y los restaurantes de moda no son nada baratos. Pero para el viajero que no tenga un presupuesto muy holgado puede dormir en pequeñas pensiones y casas particulares para reducir gastos. Hay que tener en cuenta que no se acostumbra a dar propinas, y que los impuestos no son nada elevados.
 
Durante los meses de abril y mayo muchos yates privados llegan desde California o de las islas Hawaii a Tahití para evitar la temporada de huracanes. Algunos se quedan a la fiesta del Heiva en esta isla a principios de julio para continuar luego al oeste hacia las vecinas islas de Tonga o Fiji. Y, a principios de octubre se dirigen al sur, hacia Nueva Zelanda. No obstante, nada como dejarse seducir por la brisa marina y el perfume de la “isla del amor”.

Aniversario de la fragata “Bounty"

Tahití y sus islas tuvieron mucho que ver en el motín de la fragata “Bounty”, el más famoso que jamás se haya conocido y que, por lo curioso de su historia, ha sido objeto de varias versiones cinematográficas y tema principal de infinidad de libros. El 28 de abril se cumple el 220 aniversario esta rebelión, una ocasión para conocer sus rincones más significativos y disfrutar a la vez de la magia de estas perlas del Pacífico.
 
La apasionante historia de la Bounty vive aún en Tahití y sus islas, y puede descubrirse recorriendo sus escenarios más significativos. Saliendo de la capital, Papeete, y bordeando la costa noroeste, nos acercamos a la cercana localidad de Arue, donde se sitúa el museo y antigua residencia del escritor estadounidense James Norman Hall, autor de la conocida novela “Rebelión a bordo” que narra lo ocurrido en la famosa embarcación.
 
Muy cerca de allí, el mirador de Tahara ofrece una magnífica vista de la isla de Moorea y la Bahía de Matavai, escenario de películas como la famosa “Motín a bordo” protagonizada por Marlon Brando.
Es también parada obligatoria el ‘Point Venus’, donde se encuentra el único faro de la isla y un monolito conmemorativo que marca el lugar donde el Bounty arribó por vez primera a Tahití. Es llamado así porque el famoso navegante James Cook lo eligió como el lugar idóneo para estudiar el paso de Venus ante el sol en 1769.
 
Conduciendo hacia el valle de Papeeno se puede apreciar el tipo de vegetación selvática que crece en este archipiélago y los ‘uru’, árboles del pan cuyo fruto, según los planes del gobierno británico en 1788, servirían de alimento a los esclavos de las colonias occidentales.
La tripulación del Bounty tuvo que esperar seis meses hasta la recogida del fruto; tiempo en que conocieron el paraíso terrenal y quedaron embriagados por los paisajes de Tahití, el tranquilo estilo de vida y la belleza de sus mujeres.
 
La insurrección sucedió el 28 de abril de 1789 y el resultado ha sido ampliamente retratado en las pantallas por estrellas como Anthony Hopkins, Mel Gibson o Marlon Brando. La última parada de la ruta, el atolón de Tetiaroa a 42 km de Tahití, tiene que ver precisamente con éste último. La isla fue cedida por 99 años al actor americano como un regalo tras rodar la película y el año que viene podremos disfrutar de allí de un eco-hotel que su hijo construye y al que llamará “The Brando”.

Datos de Interés sobre el Viaje

Los ciudadanos de la Unión Europea no necesitan visado para entrar en Tahiti, siempre y cuando la estancia sea inferior a tres meses, aunque se necesita el pasaporte en regla y un billete de avión para salir de la Polinesia Francesa. Varias líneas aéreas entre las que se encuentra Air France (Tel: 913300418) o Air Tahiti Nui Corsair, tienen vuelos de Paris a Tahití, vía Los Ángeles, varios días a la semana. La mejor época para visitar Tahití es durante el otoño ya que ofrece un clima constante y el tiempo en esos meses es relativamente fresco y muy agradable, además de que hay poca humedad. La temporada de huracanes va de noviembre a abril aunque rara vez llegan tan al este (los huracanes son mucho más comunes en el oeste del Pacífico, de Samoa a las islas Salomón). En cualquier fecha del año podemos encontrar fuertes lluvias seguidas de un sol radiante.
 
Las compañías de alquileres de barcos ofrecen precios razonables a la hora de decidirse por un velero o una embarcación a motor, con o sin tripulación. Es cierto que resulta algo caro volar a esta isla de la Polinesia, pero una vez en Tahiti, el alquiler de un barco se mueve por parámetros no mucho más caros a los que se barajan en las Baleares, las Canarias o incluso en Grecia y Turquía.
 
La Información Turística sobre Tahiti la podemos conseguir en las oficinas de Tahiti y sus islas en España (Tel: 91.411.0167). También en Internet :
 
www.tahiti-tourisme.es


 
Un reportaje de Rafael Calvete